Las alertas vuelven a encenderse, largas filas de personas dispuestas a esperar horas con tal de obtener la vacuna contra el sarampión, lo cual se aplaude, pero esto se pudo haber evitado y es que entre la desidia, el «a mí no me va a pasar», «es una conspiración desde le poder» o cualquier otro despojo de razón para evadir una realidad que no huye, por el contrario, vuelve y se instala, es por lo que resulta necesario el actuar de la población, autoridades locales y federales para buscar el bien común ante este problema de salud de gran calibre.
Pude leer una publicación del Dr. García E. Araujo, especialista del estado de Coahuila en medicina crítica pediátrica, que me pareció muy puntual y sencilla de entender, es importante combatir la desinformación, así como cualquier atentado a la razón.
El sarampión no regresó por casualidad. Durante años escuchamos que el sarampión estaba eliminado en México y era verdad: no había transmisión sostenida. Hoy vuelve a haber brotes y no es mala suerte, ni una conspiración, no es “porque sí”… es la consecuencia directa de haber debilitado algo que funcionaba: la inmunidad de rebaño.
¿Sabes qué es realmente la inmunidad de rebaño? La inmunidad de rebaño no es una opinión, es matemática aplicada a biología. Un virus necesita personas susceptibles para propagarse. Si la mayoría de la población es inmune, el virus no encuentra a quién infectar y la cadena se rompe.
Eso es todo.
Pero vamos más profundo. Cada enfermedad tiene un número llamado R0 (número reproductivo básico). Es la cantidad de personas que puede contagiar un infectado en una población totalmente susceptible. El sarampión tiene uno de los R0 más altos que existen: entre 12 y 18, da disparos certeros. Eso significa que una sola persona puede contagiar hasta 18 más en un entorno no protegido.
Cuando una enfermedad tiene un R0 tan alto, el porcentaje de población que necesita estar inmunizada para frenar la transmisión es altísimo.
La fórmula es sencilla: Umbral de inmunidad = 1 – (1 / R0)
Para el sarampión, eso nos lleva a un 92–95%. No 80%. No “la mayoría”. Noventa y cinco por ciento sostenido y homogéneo. Y aquí está el punto que muchos no entienden. No basta con que el promedio nacional sea alto. Si existen comunidades con baja cobertura, ahí se forman bolsas de susceptibles. Y el virus entra por esas grietas.
La inmunidad de rebaño no protege al que decide no vacunarse. Protege a quien no puede vacunarse. Protege al menor de edad mínima. Protege al niño con leucemia. Protege al trasplantado. Protege al inmunosuprimido.
Es un escudo colectivo. Y cuando ese escudo baja del umbral crítico, se rompe.
Lo que pasó en México en los últimos dos sexenios no fue una sola decisión. Fue acumulación. Durante el sexenio 2012–2018 ya se documentaban retrasos y desabastos de vacunas con componente sarampión. Eso generó cohortes que no recibieron dosis a tiempo. Después, entre 2018–2024, se modificaron modelos de compra y distribución. Hubo periodos prolongados de desabasto nacional reportados por organismos internacionales. Luego llegó la pandemia, que redujo consultas preventivas y dejó miles de esquemas incompletos.
Durante 2020 y 2021, las consultas preventivas disminuyeron. Muchas familias no acudieron a completar esquemas. Las brigadas se redujeron. El sistema estaba enfocado en COVID. El resultado fue predecible: Niños con esquemas incompletos. Adultos jóvenes que nunca recibieron segunda dosis. Bolsas comunitarias con baja cobertura y el sarampión no necesita más.
Entonces, ¿es culpa del gobierno? Es simplista decir que es culpa de un solo sexenio. Pero también es ingenuo decir que las decisiones de política pública no influyen.
Cuando hay fallas sostenidas en suministro, problemas de distribución, baja captación, ausencia de recuperación efectiva de esquemas atrasados, la cobertura baja. Y cuando la cobertura baja en una enfermedad con R0 de 18, el brote es cuestión de tiempo.
La epidemiología no perdona.
Ahora hablemos claro de los antivacunas. Durante décadas pudieron sostener su postura porque vivían protegidos por quienes sí se vacunaban. La inmunidad colectiva les dio un colchón y podían decir “yo no vacuno” porque el 95% sí lo hacía. Eso tiene un nombre técnico: efecto free rider. Beneficiarse del esfuerzo colectivo sin aportar.
El problema es que cuando suficientes personas adoptan esa postura, el sistema colapsa y la inmunidad de rebaño no es infinita, no es automática y no es indestructible. Solo se sostiene con cobertura alta.
Cuando la cobertura baja por fallas estructurales y además aumenta el rechazo voluntario, el virus encuentra terreno fértil y el virus no distingue ideologías, solo distingue susceptibles.
El sarampión no volvió por importación, siempre ha habido casos importados. La diferencia es que antes, el virus entraba y moría rápido. Ahora entra y encuentra comunidades vulnerables, lo que no es casualidad si no pérdida de inmunidad colectiva.
Si decides no vacunar en un contexto de coberturas frágiles, no estás tomando una decisión individual. Estás debilitando un sistema que protege a quienes no pueden decidir. Y cuando el sistema cae, no paga el precio quien publicó el video en redes, lo paga el lactante, el inmunosuprimido, el niño que está en el hospital.
En conclusión, la inmunidad de rebaño es una construcción social basada en ciencia que funciona cuando:
El Estado garantiza suministro y logística.
La población cumple con esquemas.
Se recuperan rezagos a tiempo.
Falla cuando:
Se acumulan años de desabasto.
No se corrigen coberturas.
La desinformación gana terreno.
El sarampión no debate. No negocia. No vota. Solo contagia y cuando la inmunidad colectiva se debilita, regresa.